Pez

Es conejo el que salta entre los arbustos y también el que se cocina en la cacerola humeante; es vaca la que mira con ojos reflexivos al tren y también la que está frente al cuchillo del matarife; es ciervo el que se escapa del cazador torpe y también el que el cazador exitoso se lleva a su cabaña. Sin embargo, hay un caso en que nuestro idioma tiene dos palabras distintas para nombrar a un animal en su medio natural y al mismo animal pero cuando está sobre el plato. Ya lo habrá adivinado: el pez deja de serlo cuando muerde el anzuelo o se engaña con las redes, y en ese preciso momento se convierte en pescado. Es una distinción exclusiva de nuestro idioma; en inglés, se utiliza «fish» en ambas situaciones, y lo mismo ocurre con el francés y su correspondiente «poisson». Esta palabra tiene otra particularidad. El primer pez que nos viene a la mente —el que abunda en los acuarios, el que se atrapa con el mediomundo, el que llegó al zodíaco bajo el signo de Piscis— tiene género masculino; pero el diccionario y las novelas de aventuras incluyen una alternativa de género femenino: la pez es una sustancia resinosa, viscosa y brillante, obtenida de los pinos y otras coníferas. De consistencia similar a la brea o el alquitrán, la pez se utilizó durante muchos siglos para revestir los cascos de los barcos e impedir filtraciones; con el tiempo fue sustituida por compuestos de origen mineral. No hay ninguna relación etimológica entre uno y otra, pero el azar llevó a que en otros y lejanos tiempos el pez y la pez compartieran el mismo mar.  (Publicado en Crucigrama Nº 883)