Oyente

La mayoría de los hablantes solemos ejercer una inocente confusión entre los verbos oír y escuchar. Las definiciones son claras: oír significa «percibir con los oídos»; hacerlo es involuntario y sólo necesita un sistema auditivo en buenas condiciones. En tanto que escuchar agrega la intención de atender y comprender lo que se percibe; se puede oír el sonido estridente de una trompeta pero se escucha un concierto. Alguien puede oír bocinazos por la ventana, pero si nos dice que los está escuchando, entonces tenemos que entender que se sienta en el balcón y se dedica a apreciar el nervioso diálogo de un claxon con otro. El amable Larguirucho se equivoca: necesita que le hablen más fuerte para poder oír, no para poder escuchar. El uso de la palabra oyente alimenta esa confusión. Los diccionarios suelen proponer dos definiciones: un oyente es el alumno que asiste a las clases sin estar inscripto en la materia, y por lo tanto sin posibilidad de acreditar su participación mediante exámenes, y también es el que sintoniza habitualmente un programa de radio. En ambos casos podemos suponer que hay una intención de comprender y considerar cuidadosamente lo que se percibe: el alumno tomará notas y hará preguntas; mientras conduce un taxi o prepara el almuerzo, la persona que sintonizó la radio discutirá con la voz que sale del receptor y luego llamará indignada por teléfono para dar su opinión. Deberíamos hablar de «escuchantes», pero ya es demasiado tarde para un cambio.       (Publicado en Crucigrama Nº 886)