Amartizaje

Cuando después de atravesar la mar las naves llegaban a la firme costa, sus tripulantes podían hacer tierra. La invención de las máquinas voladoras trajo un descubrimiento: tarde o temprano, luego de andar por los aires, las aeronaves volvían al suelo, a veces con suavidad. Se inventó una palabra para describir ese éxito: aterrizaje, porque los aviones volvían a quedarse quietos sobre la tierra. No sobre el planeta Tierra, ya que nunca lo habían abandonado, sino sobre el suelo que nos sostiene cada día. Décadas después, la técnica produjo un artefacto capaz de estacionarse dócilmente sobre la superficie de las aguas tranquilas. La novedad exigía una palabra específica y para describir el específico aterrizaje de los hidroaviones se acuñó amerizaje. El avance del ingenio humano fue imparable y no pasó mucho hasta que se enviaran cohetes hacia la Luna. El fervor de tamaña proeza hizo inevitable el uso de una palabra distinta. Las naves espaciales que se posaban sobre los cráteres evidentemente hacían un alunizaje; poco importó que aquel suelo polvoriento y estéril fuera tan suelo como el nuestro: había que comunicar lo especial de la hazaña. Pero entonces la lógica se hizo imparable. Cuando hace unos pocos años las sondas se posaron obedientemente sobre la superficie roja de Marte, los informes hablaron de su exitoso amartizaje. Los académicos conceden de mala gana el alunizaje pero impugnan el amartizaje, sobre todo por la incertidumbre sobre el futuro: ¿habrá que inventar palabras específicas cuando las naves de los hombres lleguen a Venus, a Ganímedes, a Plutón? El tiempo nos dirá.     (Publicado en Crucigrama Nº 885)